Ida al supermercado. En la sección de carnes, una mujer con un vestido blanco ajustado, zapatos rojos. Es joven, tiene los rasgos propios de una actriz francesa. La escucho hablar —está con otro joven—: efectivamente, habla en francés. La miro y me mira. Es un segundo. Luego tomo distancia. No puedo evitarlo: la vuelvo a mirar. Demasiado joven, pienso, algo en ella ya no me convoca. Antes sí, ahora ya no. Es como un maniquí en una vidriera. Sigo con mi carro. Sin embargo, su imagen, a lo lejos, me trae cierta felicidad.
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