sábado, 15 de noviembre de 2008

Licio y el I Ching

Believed or not: el sábado voy con el auto por el country y veo que Licio, un vecino, está lavando uno de sus autos. Él tiene tres autos: un BM, un 306 coupé cabriolet y una 4 X 4. En este caso lavaba el 306, “porque me entretiene”, me aclara cuando me detengo para saludarlo. Rápido, aprovecho y le saco charla con un sola intención: --- Licio tengo un montón de soja, ¿qué hago? –Porque les aclaro: Licio es una suerte de cuevero, contrabandista, ex gerente general de una multinacinal, etc, etc.). Una persona que siempre envidié.

“Vendé todo ya” me dice con una franela en la mano. Y después su definición copada:“Cuando las porongas vuelan tenés que elegir la más chiquita y sentarse arriba”

“Pero yo no vendí cuando la soja estaba a mil…y ahora está 750”, digo.

“Por eso”, me aclara, “cuando estaba a mil, querías mil cien, cuando estaba novecientos querías mil, y así… Repetís la fórmula del fracaso... (en este punto sonríe con mucha autoridad); y después agrega: “Vendé.”

Por suerte, al día siguiente me llamó para jugar al tenis (cosa que nunca hace) y, en la cancha, me ratificó lo mismo. Todo eso me convenció un poco más. Así que el lunes, después de estar súper nervioso toda la noche, me levanto y, apenas pongo un pie en la oficina, levanto el teléfono y vendo. Vendo toda la soja que esperé tanto a una cifra decepcionante: siete cincuenta. Después de dar la orden cuelgo alterado. Y me altero más cuando me doy cuenta de que me olvidé de consultar al I Ching. Es tremendo: no hay vuelta atrás. Por un momento me siento pésimo. Después, decido tirármelo igual. Quiero saber si hice bien o mal (aunque sé que para el I Ching no hay bien ni mal, pero para mí, en esta situación, sí lo hay). Quiero saber si me equivoqué. Con desesperación, tiro las monedas al suelo y, casi temblando, anoto los resultados. ¿Y qué me sale? “La juventud necia”. El cabeza de rancho que se tropieza siempre con la misma piedra. Ese soy. El libro es lapidario. Pero en la cinco aparece cierta ventura: mi ignorancia no es completa, tengo al menos la capacidad de reconocer y escuchar al maestro: “Es Licio”, me digo. Licio me lo dijo claro: “Andaté al dólar”. Él es el maestro, pienso aliviado. “Dios lo honre y me enseñe a partir en dos la mediocre tabla de la moral. Licio es el maestro”, vuelvo a repetir ya un poco más alegre: “Licio gracie per existir! Sí ---repito---... ahora entiendo”, digo. “Licio, es Licio…”, y sonrío.
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