jueves, 1 de junio de 2017

El fin del romanticismo

Íbamos por lugares de un potente color verde
-que se exalta a sí mismo con montones de matices-
donde los tibios ríos era transparentes, y por lo tanto dejaban
ver grandes peces que nadaban plácidos, y los pájaros,
en lo alto, eran coloridos y estaban alegres,
como amansados por la idea de que ahí no había
ninguna frustración ni pena, ni siquiera
un desamor incipiente que pudiera estropear
la fascinación que ese paisaje quería fijar en nosotros,
que nos manteníamos todavía esperanzados de que lo absoluto
sea un límite cierto, pero conscientes de que el espectáculo
debía tratarse de un sueño rápido y candoroso, o algo por el estilo.
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