Íbamos por lugares de color verde
-que se exalta a sí mismo con montones de matices-
donde los tibios ríos era transparentes,
y por lo tanto dejaban ver grandes peces
que nadaban plácidos, y los pájaros,
en lo alto, eran coloridos y estaban alegres,
como amansados por la idea de que ahí no había
ninguna frustración ni pena, ni siquiera un desamor incipiente
que pudiera estropear la fascinación que el paisaje quería fijar en nosotros,
que todavía nos manteníamos esperanzados de que lo absoluto
sea un límite cierto, pero conscientes de que el espectáculo
debía tratarse de un sueño rápido y candoroso, o algo por el estilo.
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jueves, 1 de junio de 2017
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