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sábado, 26 de noviembre de 2011
Off side Sofitel Cardales II
Al final, como había imaginado, todo resulto bastante chato. Nos llevaron hasta el hotel en una suerte de carrera de postas o búsqueda del tesoro. Fueron más de cuatro horas por toda la ciudad e incluso con hora y treinta de lancha por el Tigre. Difícil describir lo patético del raid. Lo importante es que algunos en bicicleta, se supone que los más entrenados, yo bastante exhausto junto con otros gerentes –son contados con los dedos los que logran el ideal atlético corporativo, un estado ciertamente de excelencia-, cerca de las seis llegamos y al fin pudimos estar sin ser teledirigidos. La mayoría fuimos a la pileta y disfrutamos la vista de la laguna, y más allá ese paisaje artificial que simula prosperidad. Pero a eso de las nueve había que estar de vuelta para recibir órdenes de la corporación y eso hicimos. Esta vez el programa era recibir mozos con bandejas de comidas y tragos. La decoración insistía en el concepto palmeras. Hay palmeras implantadas afuera y también dibujan palmeras adentro. Estábamos dispersos en sillones y mesas altas y el ambiente, se suponía, era apto para bailar. La música, cosa previsible, estaba bastante alta y hablar era un esfuerzo; así que había que limitarse a sonreír y pasarla bien. En total fueron siete horas. Tiempo en el cual uno trata de adaptarse al medio y a veces siente que lo logra (por ejemplo cuando baila un poco) pero enseguida cae en la sensación tremenda que te arroja a la cara el tan temido criterio estético, un impulso finalmente energético que te permite captar tu verdadera sensación, esa que atiende parámetros muy exigentes.
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