Corro, hacia el fin de la ciudad, por una hilera de álamos, y pienso: se trata de un evento poético deslucido. Todo lo que antes me indicaba cierto estado lírico se ha corrido a un lugar todavía incierto. Después, se me ocurre que la tendencia inveterada de separar la realidad entre el bien y el mal se debe a la existencia de la dicotomía entre el dolor y el placer. Es algo obvio que recién ahora percibo. Lo extraño de estos días es que capto cosas obvias pero de una manera intraducible; eso me lleva pensar que es más profunda la mirada, pero enseguida me convenzo de que la valoración “profundo” no tiene fuerza. Porque en estos días pierde fuerza lo superlativo; así es, todo tiende a una relatividad que me resulta más cierta, no tan lucida sino más posible. Y eso me sosiega.
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