Los diarios a la mañana
y esa precisión casi matemática
para leerlos en tu silla del patio
donde los pajaritos solían cantar
la desolación de las tardes invernales
cuando la multiplicidad de los días se inventaba
un espacio entre el campo que administrabas
y los delirios de ser escritor.
Ellos jugaban a facilitar un sueño
a la posteridad de tortugas avanzando
por una caminito de piedras
en medio de un jardín lleno de orquídeas
y plantas exuberantes
que estaban en los consultorios
de los médicos a los que después ibas
para constatar que todo lo que tenías
estaba en tu mente y que tu mente no estaba
bien ni mal, sino demasiado alerta.
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