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Hay una celebración en el aire por más que es invierno y las cosas, las plantas, los árboles, el cielo y la maleza en general, aparecen en un estado de reposo.
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El cuadro tiene que ver con una quietud, y esa quietud se alegra cuando escucha, como en ningún otro momento, las tibiezas, los gorjeos, lo poco frecuente.
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Será entonces que todo tiene lugar por esos motivos, por unos guiños, por unos colores, tenues, casi rosados, en las pocas flores, sin un movimiento continuado.
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O tal vez será que nos hemos alejado de cualquier sobreactuación y, desde ese estar, desde esa nueva dimensión, nuestra inquietud va y viene. Se siente libre, anda por los contornos del jardín.
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Sí, debe ser eso. Anda, sin apuro, como aliviada por la quietud del agua, feliz por el placer de tener lo verde. Lo secreto y lo estático.
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Quien lo vea, escuchará una melodía que después tiende a no estar.
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Así se adentra uno en el silencio. Así se exceden los ruidos. Una calma santa. Así se va a no depender de los demás para estar vueltos hacia un rocío que permanece y se queda sobre una flor, arriba, muy arriba, pequeña, soleada, en la alta montaña.
Y así la belleza sigue en nosotros.
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