Soñé que dejaba de ser lo que soy y me convertía en lo que quiero ser: un monje dotado de una luz fantástica que iba por las nubes de los cielos mejor pintados de la iglesias más encantadoras y escondidas de la tierra.
Y desde esa condición de monje, ya no deseaba más de lo que podía tener. Todo lo que me era cercano, tendía a distenderse. No iba a ningún lado en especial ni tenía nada en particular; ni siquiera dormía con una exigencia determinada.
Y así podía escuchar crecer la flores. No tenía familia y no tenía afectos demasiado cercanos porque nadie podía interactuar con mi enorme santidad desde, digamos, un plano de cierta igualdad.
Solo los perros me seguían. Las marmotas escuchaban en la lejanía mis pasos; los pájaros me daban melodías fantásticas. Hablaba con Cristo. Y sin embargo, no estaba del todo claro mi rumbo.
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