Una historia podría ser reescrita, como si un día, unos años tal vez, perdidos en la verticalidad del tiempo, fuesen recuperados y entonces sí se volviesen capaces de revertir lo no sabido. Y de ese modo lo aprendido se volviese una luz que mirase incluso para atrás, incluso para adentro también, y los mecanismos, las ataduras, esas cosas que nos perfilan en ciertos códigos de trabajo interno, pudieran ser hechas de nuevo a favor de una nueva vida, una que ahora vislumbramos, ajena a los dramatismos e igualmente llena de una pasión que fuese como baja el agua por un pueblo en lo alto.
A medida que bajo con el agua, sobre el final, sobre el horizonte, veo una playa de mucha arena. Y veo camellos, beduinos mudos, y veo mucha tranquilidad, ahora, hoy. Esa impasibilidad fantástica en la mirada del camello veo. Y ese fuego sabio y lento, ese invierno incluso, lleno de castaños en un jardín apenas visto, quieto, sin el menor viento, entre olivos, entre una maleza desproporcionada, entre hojas secas con hormigas por todos lados. Y veo esa fría paz también. Veo mucho de lo que antes no veía.
Y veo un mundo redondamente blanquecino ubicándose en mi ceño, un poco confuso aún.
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