Pero de vuelta a mis primeras clases de literatura. Me acuerdo ahora que este buen hombre, mi profesor, poeta consagrado, siempre me prometía, de un modo descarado y patético, presentarme a algún literato incluso más consagrado que él, y yo siempre le creía, o al menos siempre estaba expectante y hasta feliz con la posibilidad de que eso ocurriese. Feliz con una proximidad lejana e hipotética porque saber que en algún punto yo podría acceder a quienes ellos eran, esos leones que relucían como el oro, tenía un peso específico y, en mi mente, justificaba los disparates que imaginaba y soñaba para mi futuro.
Un futuro que se debía parecer a lo que ese poema copiado de manera tan esmerada por mi abuelo representaba. Es decir, su vida. Su vida consagrada a los libros. A la cultura. A Europa. A los cánones acerca de lo que es brillante y elevado. A lo que justifica que uno pueda creerse especial en muchos sentidos, tantos que te permitirían sentirse definitivamente superior como persona, algo que por entonces, sin duda, yo necesitaba.
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