Un punto útil puede ser dar con la idea (y machacar mucho con esa idea, -y cuando digo machacar me refiero a los días de los días-), de que al fin y al cabo no hay nada fuera de nuestro mundo.
Somos los únicos que creamos nuestros propios valores y armamos nuestras dimensiones para llegar a lo que tenemos
Deberíamos entonces ocuparnos de armar con mucho amor nuestro mundo; de eso nos deberíamos ocupar realmente. Lo que pasa es que es difícil vivir sin un registro específico que prescinda de lo que entendemos por la "valoración de los otros" y que muchas veces, en realidad, es solamente nuestro propio modo de ver las cosas lo que suponemos que piensa el otro -y acá volvemos al hecho de que nada de lo que podamos sentir o pensar se escapa a nuestra individualidad-.
De manera que existe un punto trágico en el hecho de que todas nuestra impresiones no salen de nuestra esfera sentimental -por decirlo de algún modo-, y el hecho de que las verdaderas dimensiones empáticas exigen interactuar con un otro que no termina nunca de acceder a la complejidad del mundo específico que tiene enfrente.
Es por eso que las miradas, los gestos tiernos, ayudan tanto.
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