Me acuerdo ahora de tantos pero tantos escritores editores que tuve la suerte de conocer, y de cómo todos ellos me enseñaron a guardar la debida distancia a sus juegos, modos, dinámicas, formas de interpretar el ingreso a ese Edén maravilloso -o una suerte de ciudad sagrada muy especial- que supuestamente es la gloria literaria.
Vistas las cosas con cierta perspectiva, sus maniobras, y sobre todo mis esfuerzos, no tienen la menor importancia incluso en el sólido pero restringido mundo editorial de la literatura de mi país, y por supuesto en el mundo, pero para entonces esos esfuerzos eran necesariamente el primer y necesario eslabón para creer que sería capaz de protagonizar algún tipo de hito que justificase toda mi maraña de creencias -y sobre todo desamparo- en torno a mi vida y mi realidad.
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