En ese tiempo, otra de las cosas que hice, ahora también recuerdo, fue intentar acercar a mi pareja a ese mundo. En lo esencial, era consciente de que cada gran escritor tenía grandes escritores de amigos y que esos grandes escritores compartían tiempo y salidas con sus parejas, y por lo tanto yo tenía que hacer algo por el estilo.
Pero, una vez más, los problemas eran superiores a mis posibilidades: no solo mi pareja no tenía una predilección especial por la literatura -y me atrevo a decir que ni siquiera por lo que se denomina alta cultura- sino que también, lo veo decir, había un mundo en ella -jovial, alegre, desprejuiciado- que ciertamente costaba emparentar con las maniobras artificiosas y pautadas de ese otro mundo al que yo quería acceder, el literario.
domingo, 5 de abril de 2020
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