Recuerdo bien ese sueño. Con miedo, había entrado para ver a esas mujeres que se dejaban admirar en los umbrales de los galpones, pero una vez adentro, al verlas en pequeñas jaulas de alambre, desesperado, quería salir de ahí y para eso tomaba por donde había ramas y cañas altas. Y, gracias a la luz de la luna, entre las hojas, encontraba hormigas negras, grandes, incansables, unas y otras, miles, en una fila interminable. Y a continuación, siempre en el sueño, encontraba una bicicleta tirada y me ponía a pedalear en el aire. Mi objetivo era no pensar. Pero eso solo me llevaba a un dragón de Komodo que tomaba sol entre las rocas, ocioso, imponente y mudo.
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