El mar está agitado, alto, furioso, fuerte, potente. Exaltado: ahí está la palabra. Así está y así lo veo desde el piso once que ocupo, justo donde empieza la Barra de Tijuca. Creció tanto que llegó a ocupar toda la playa y avanzó incluso sobre el asfalto. Casi roza un monumento extraño: castillos de arena apilados uno sobre otro y un ser propio de estas regiones. Un ser que debería conocer mejor, porque para quienes cruzaron este mar desde otro continente es una especie de dios. Acá, la gente con la que he interactuado transmite cierta bonhomía, aunque también noté en algunos un aire parco, defensivo. Pero no es eso lo que quería contar. Quería contar que caminé durante una hora, desde las nueve hasta las diez de la noche, por la rambla. El mar exaltado me acompañaba: a mi izquierda en la ida, a mi derecha en la vuelta. El viento soplaba desde el agua, con las olas enormes, llenas de una espuma voluptuosa que agradecía. Y lo mismo el rumor constante, feliz, capaz de darme un manto, un abrazo más bien, un motivo para creer que el mundo guarda el sentido de maravillar a quien se detiene en la playa frente al agua, intuye a Poseidón, escucha su concierto.
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miércoles, 30 de julio de 2025
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