Estoy en la playa. Acomodo mi mochila y me reclino en unas rocas, usándola de almohada. Miro el cielo; por momentos, bajo la vista hacia la orilla. Pasan unos pelícanos que forman una bandada. Pronto recalan cerca mío —unos diez metros—, justo en la orilla. Uno, subido a una piedra, mira el agua. Busca peces. Otro más bien descansa.
Hay un hombre a mi derecha pescando con mosca. Un americano que estaba más a la derecha todavía y que, cuando estaba nadando, se acercó a lanzarme la tanza más bien cerca. Supongo que quería que me fuera porque le espantaba los peces. Una niña y un niño gritan de placer continuamente ante la mirada de un hombre que imagino es su padre. Él los mira todo el tiempo sonriente, con sus anteojos negros puestos dentro del agua, justo donde rompen las olas. El hombre sonríe durante tanto tiempo que comienza a molestarme. Vuelvo a los pelícanos en la orilla. Siguen sin una expresión cierta.
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