Vamos a una playa alejada que promete sus contratiempos porque acá en México muchos espacios de la costa están tomados por los hoteles y no tienen un acceso público a la playa. Este lugar resulta el caso. Llegamos después de manejar media hora desde Tulum y, al final de la calle, bordando las costa, nos encontramos con una casilla en donde un hombre sostiene una barrera. Nos explica que para pasar al lugar debemos ser huéspedes de un hotel o tener un reservación. Para no confrontar, le digo que vamos a almorzar al primer hotel. Me toma los datos y pasamos. En ese primer hotel, nos esperan en la recepción. Nos explican los precios y dicen que van a averiguar si tienen camastros disponibles -parece que no los hay nos adelantan-. Aprovecho esa distracción para bajar a la playa. Terminada la zona hotelera, nos echamos. En ese lugar comienza el fin de la bahía. No hay nadie. Nadamos atentos a los peces cerca nuestro. Uno dice mi pareja que le ha mordido apenas un talón. Con mi hijo lo dudamos. Llevamos un picnic; lo desplegamos (en mi caso, con cierta incomodidad). Mi pareja no parece afectada. Dos pelicanos pasan. Otros se precipita al agua. Señalándolos, escucho que mi pareja saluda a unos lugareños que salen de la vegetación atrás nuestro. Les pregunta cómo encontraron un camino en la selva. Ellos señalan un espacio vacío entre los árboles y siguen camino con sus redes y cañas. Decidimos adentrarnos por ese sendero entre la vegetación para volver a nuestro auto, pero ese sendero en la selva -lo descubrimos después de caminar un buen rato- no sale a la calle que bordea la costa donde tenemos el auto. El camino se adentra en al selva y termina no sabemos dónde. Regresamos. Al fin, salimos por el hotel con cara de nada saludando al hombre que custodia la entrada.
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martes, 6 de enero de 2026
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