Un dios mira un montón de seres que van y vienen y a veces se chocan, y otras veces disfrutan las alegrías de esos impactos. Y otras viven desgracias indecibles. Aunque hay un consuelo: son rutilantes ciertos encuentros que a veces, con el tiempo, se convierten en feos y son maldecidos por los que experimentan los impredecibles hechos. Bueno, el caso es que el dios que mira desde el cielo a veces se cansa de mirar, y vive también él una serie de impactos que a veces le resultan benévolos y otras funestos, y lo dejan pensativo, y obsesionado con cosas que a los de abajo también le generan dudas.
Pero lo más extraño es que ese dios también es mirado por otro dios que más arriba, en otro cielo, repite el espectáculo que experimentan los de más abajo. Y así sigue todo en incontables planos que nadie sospecha ni dimensiona. Y en un tiempo y espacio que es incomprensible. Y hay más, pero tal vez nunca sabremos qué es.
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