Ahora entiendo, después de tantos años, mejor a mi madre,
y a mi amigo A, y a todos esos seres sensibles y egoístas,
inclinados a la espectacular tarea de volver un hecho
de la existencia algo todavía más inefable,
casi apto para tocar la dorada inmensidad,
nunca del todo vista, de los dioses,
aquellos seres que son recordados en algún punto de esta tierra,
por quienes, temerosos, se inclinan aún hoy para pedirles
un poco más de vida, un poco más de un carácter,
o algo cierto, que le otorgue al sentir
esa tranquilidad que cada día les falta.
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