Venecia. Las cosas por su nombre: cuando uno es capaz de escuchar a un hombre viejo, pedante y al mismo tiempo criterioso y lleno de historias, uno está listo para recibir los grandes dones universales.
Los leones de piedra resultan potentes. Tanto como las imágenes ancestrales de las mujeres.
La primavera. La lucha que llevan a cabo los turistas. La voluntad de conquistarlo todo. De saber lo que es necesario conocer. Es imprescindible nutrirse de consagraciones. Pero al costado de las grandes atracciones a veces uno encuentra pasto, y uno o dos tréboles. Hay que estar atentos.
A veces todo es y lo que no debe ser ocurre: un árbol de higos se vuelve dorado, y después marrón, y afeado nos permite contactarnos con la nostalgia. La disposición para recuperar lo perdido desde la noche al día siguiente. Lo ido, ya en el agua, sobre la costa, diluido irremediablemente. Ahí duerme.
Más gente se suma a la gran peregrinación en torno a lo que debe ser indagado. Los canales tienden a proyectarse. Supongo que hacia el silencio. Por eso quienes buscan una quietud, a veces, en el frío y la paciencia, la adquieren en las banderas ondulantes.
No hay quietud en los números porque ellos se aglutinan en torno a ritmos, mediciones, pasos, unos tras otros, escalas que se orientan para diferentes lados. Trazos que se extienden en busca de razones, de más amontonamientos. Redes que exigen más y más pescados.
El mundo va a terminar en la nada supongo. Y este escenario se ha vuelto demasiado magnífico. Mientras tanto, en el medio de las pérdidas, entre la fealdad del mundo, entre roces y enojos, uno, como puede, arremete, va día tras día, va en busca de instantes fugaces, estrellas, partes lejanas, un adelantamiento, sobre el universo un gesto tierno.
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martes, 24 de septiembre de 2019
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