Hay un mundo, creo entender, en la forma que unos y otros perciben los fenómenos, los objetos, las cosas que permanecen en su propio estar, y que desde ese estar nos miran, a nosotros, que también por esta vez permanecemos calmos, tímidamente sentados, fascinados con la perspectiva de ver una misa a la que asisten cuatro personas en una catedral enorme.
El cura parece compenetrado con su trabajo en la medida exacta de un rigor que lo impulsa a repetir lo que debe repetir. Las personas que asisten también guardan un rigor, un mantra, un acto repetido que define una calor que tiene la placidez de lo habitual.
Nos sumamos con placer porque nos definimos también en la medida que podemos abstraernos de lo que sucede acá y en otras partes. Así nos concentramos en un tiempo que continúa a un ritmo más lento, querido, poco práctico, poco proclive al cambio, y que por eso tiene el don de disfrazar lo mucho que hay cuando uno vive hasta permitirnos lo esencial.
El aire, las garzas que suelen aparecer cuando uno tiene este tipo de contemplaciones, las lagunas todas, con sus juncos elevándose, con sus plantas acuáticas, tan bellas, tan generosas, tan dispuestas a permitir que los pequeños pájaros, y los no tan pequeños, las pisen.
El viento golpeándonos la cara, apenas, acariciándonos la cara, debería decir. Nosotros a la sombra de un roble inmenso, sentados, tibios, como en la iglesia; ¿o será que todavía estamos en la iglesia y no nos hemos dado cuenta?
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domingo, 19 de enero de 2020
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