Cae la lluvia mientras la gente en el barrio
busca las mismas respuestas de siempre:
un atardecer que perdura
sobre una maceta que se desborda
mientras ahora nadie grita (nadie dice nada
de hecho) ni los perros por fin ladran,
y los corazones de los esclavos -nosotros todos-
al menos por un minuto podemos escuchar
la lluvia en el suelo de nuestros balcones.
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