Entiendo hoy que para sostener esa incursión por la literatura, una estepa amplia, fría y sumamente difícil de abarcar, no me quedó otra que aceptar hacer distintos tipos de programas -que incluyen practicar karate por más de cuatro años, luego veremos mejor por qué-, que me generaron distintos esfuerzos y que, demás está decirlo pero lo voy a decir, no me dieron los frutos que esperaba.
En lo principal, según creo, porque nunca pude armarme de un encanto, de un hálito. Nunca pude, a diferencia de otros, por decirlo de alguna manera, superdotados para las cuestiones literarias, generar una atracción en la manada. Ese tipo de impulso, de intriga, de necesidad de estar cerca de una persona que es literariamente atractiva.
Pero otros amigos de entonces sí lo lograban. Y convocaban a quienes estaban como más allá de una valla. Esos que no estaban a la altura de su vuelo literario pero podían ser perfectamente sus apasionados fans.
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