A esta altura, debo confesar también, en torno a todo este tema del ingreso al mundo olímpico de la literatura, que me he tirado el tarot compulsivamente, neuróticamente, de forma continua en el tiempo a lo largo de los años, para probarme cierta valía, o para darme ánimo a veces, también para no sentirme tan chiquito y tan insignificante, para, en resumidas cuentas, garantizarme -de ese modo tan increíblemente infantil-, cierto éxito, un dislate total porque yo, debo decirlo y subrayarlo, cuando entré a trabajar -ahora de pronto lo recuerdo- a una Secretaría del Estado, no tenía una computadora con corrector y debía recurrir continuamente a un diccionario; es decir, no sabía ni escribir con propiedad, mucho menos sabía redactar mínimamente, y aun así me creía importante y talentoso de manera extremadamente inverosímil.
Lo que me reconforta sin embargo, es que seguro que no he sido el único en esta tierra ni mucho menos porque, con el paso de los años me he convencido, que la gran mayoría de las personas
-algunos por fantasiosos, otros por negadores- tienen una manifiesta incapacidad para aceptar la realidad.
jueves, 9 de abril de 2020
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