No pude hoy ir al campo
pero confío en volver mañana.
Tuve que ir a trabajar a la ciudad.
Sesenta kilómetros me separan de mi vida habitual.
Sesenta kilómetros que por primera vez en ochenta días
estaban llenos de autos y de tensión.
Hace más de veinte años que trabajo en ese hospital
y hace relativamente poco que ese lugar
en mí funciona como un espacio
de sosiego y a la vez de tensión.
Antes era casi todo tensión.
De hecho, la tensión, ahora que lo pienso,
define la mayor parte de mi tiempo.
He vivido desde siempre
en medio de grandes tensiones
y los pocos momentos realmente buenos
son los que me alejo de esas molestias.
Como cuando estoy en iglesias antiguas,
bellas y dominadas por el silencio.
Esas iglesias que reparaban
las almas de hombres que,
intrigados por la fuerza de la penitencia,
conseguían la manera de volver a pecar.
Algo parecido me pasa a mí.
La tensión tal vez aumenta
mi capacidad de sentir la belleza.
Hoy, al menos, ya de noche,
agarré la biciy fui hasta el pueblo
a comprar un kilo de uvas.
A la vuelta,
un pequeño búho voló hacia un árbol desde la calle.
Me detuve a verlo y me miró.
Su belleza se fijó en mi día.
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viernes, 12 de junio de 2020
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