Después de dos días
volví al campo en bici.
Me demoré tal vez demasiado
con trabajos diversos
y supuestamente productivos.
Lo importante es que al momento de la caída del sol
estaba en esa calle de tierra adentrándome en el campo
iba hacia los grandes galpones que se iluminan
apenas cae la noche para que esas
pobres gallinas sigan produciendo.
El espectáculo es tremendo por dentro
pero eso solo yo me lo imagino porque
lo que veo se reduce al exterior,
y el exterior guarda un encanto inmenso
que enuncia una calma sensible
con un olor circundante fuerte y asqueroso,
unos árboles, entre ambos galpones, en hilera, sin hojas,
un pasto muy verde, muy intenso realmente,
y atrás un cielo, en este caso gris,
que dejaba ver también, a cierta altura,
un rosado que estallaba detrás.
Miré bien todo y vino a mi mente
el recuerdo en Uruguay de los puteríos,
supongo porque ahí también
había algo encantador y a la vez espeluznante.
Después, ya de noche, me subí a la bici
y emprendí el camino de vuelta.
Apenas veía el camino a mis pies
y la sensación de estar pedaleando en el aire
me hizo concentrarme,
y por un momento pude sentir
que era un hombre despreocupado que vive sin pensar.
El tipo de estado que tanto buscaba
y que enseguida se vio cortado por un pensamiento.
sábado, 13 de junio de 2020
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