Volví al campo con mi hijo.
Como los últimos días llovió bastante,
se armó un clima de aventura gracias al barro
que había en el camino.
A la vuelta pasamos por el monumento
que rememora la masacre de Fátima.
Le dije que por qué no nos sacábamos algo
del barro en las suelas en las rejas que están
a la entrada de ese pequeño y poco esmerado
monumento. Me respondió que le parecía
poco considerado hacer algo así.
Supe de inmediato que a sus catorce años
ese hijo mío está salvado de todos
los males que pudieran existir en el universo
y me congratulé por eso.
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