Cinco y treinta de la mañana. Noche de calor en pleno invierno. Veo pasar autos de tanto en tanto por una calle que va hasta un parque industrial. El barrio, sus jardines, los árboles, todo está quieto y en silencio. Hay luna llena. Ayer jugué un poco el futbol con mi hijo y un amigo de la infancia y su hijo. Pienso en los años que han pasado y en cómo siento un cambio en tantos aspectos (en especial estos últimos dos o tres años).
Pienso también en cómo he progresado hacia lo que se puede definir como una mejor consciencia de mis limitaciones y de las limitaciones, sobre todo discursivas, del mundo entero. Pienso en una novela que escribía noches así, cuando me levantaba acelerado en el medio de la noche, y pienso en cómo pensaba tantas cosas esos días, acerca de montones de asuntos, que ahora no pienso.
Asuntos y cosas cambian en la cabeza de uno e incluso en el cuerpo. Tal vez la pretensión del arte, entre otras puntos -porque es de lo más pretencioso el arte-, es registrar esos asuntos y esas cosas para darles un sentido, si se puede decir, un poco más armado, algo que oculte en lo posible el hecho de que, en un plano más profundo, esos asuntos y esas cosas no tienen mucha consistencia emocional más allá de nosotros mismos. Estrellas, planetas, galaxias enteras, nacen y mueren con total indolencia.
Un pájaro canta. Fue apenas un trino. Se ha callado. Ese pájaro, se puede decir, es bastante adelantado -falta más de una hora para que amanezca-. Ahora todo volvió a estar silencioso y quieto. Ningún otro pájaro lo imitó y él, por lo visto, se replegó.
Supongo que si persiste este calor en la próximas noches se van a escuchar algunos grillos.
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lunes, 3 de agosto de 2020
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