Es que esa noche
estabas con el niño
al que le gusta
hablarte al oído.
Y ese niño,
con insistencia,
te pedía una entereza
que no podías obtener:
esa fuerza que hace
erguir a los maizales.
Cinco y doce de la mañana. Sentado en el living de mi casa, escucho un colectivo que hace sonar sus frenos, luego un auto con la música estr...
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