Volvías a surfear, de nuevo tenías veinte años, así que te adentrabas en el mar, fresco, con entusiasmo, hasta la rompiente, y desde ahí tomabas esa primer gran ola que aparecía de la nada, te esforzabas para pararte en la tabla y enseguida estabas en un gran túnel de agua disfrutando del vértigo por unos instantes, hasta que, airoso, salías del túnel, inexplicablemente convertido en una escultura de bronce muy a mitad de camino entre lo figurativo y lo abstracto. Y quedabas fijo en la orilla, lindo, alto, arriba de la tabla, cerca de unos niños que jugaban ignorándote, sin saber si la experiencia había valido la pena. Solo los años lo dirían, o tal vez nunca, dudabas, cada vez más alarmado.
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viernes, 14 de enero de 2022
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