Y ahora que busco en mi cuaderno, noto que tengo anotado otro poema. Cerca de la costa, en una isla, estábamos en un laberinto que, según nos explicaba una guía muy simpática, había sido construido por los antiguos habitantes de la zona durante al menos cien años. Lo hicieron, decía en el poema, gracias a un esfuerzo que costaría mucho describir. Pero al final pusieron cada piedra tan bien encastrada que del cielo recibieron una luz que tocó su entrecejo. Así nació en ellos la fuerza para terminar la escultura: un círculo de piedra de granito negro suspendido en la cumbre de una montaña sin otra cosa que el cielo arriba. La rueda de la fortuna de mi sueño.
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