lunes, 27 de mayo de 2024

Dejó de llover y salí al jardín

 

Hasta que dejó de llover y salí al jardín. Desde el sur, comenzaba a soplar el viento. Me quedé quieto. El cielo había cambiado. Dos estrellas, más allá de los robles, se veían casi pegadas. Miré a continuación cerca de mis pies: una fila de hormigas casi me tocaba; recordé así, cuando de joven, en una estación de servicio abandonada, escuchaba el ruido de la ruta fijo en unos plumerillos inmóviles. También en ese lugar las hormigas eran grandes y negras. En mi recuerdo, armaban sus casas con forma de volcanes. Y, como entonces, las imágenes furiosas continuaban: una batalla entre ejércitos japoneses que había visto en un cine del centro de la ciudad. Soldados que pasaban a caballo sosteniendo banderas que con sus colores me reclamaban como señores feudales que piden por sus vasallos. Tonos rojos, bordó, magenta, y después turquesas, y más tarde verdes y azules, y también grises, blanquecinos, y los amarillos que llegan con los pájaros. Mi interés era pintar esas batallas porque las escenas bélicas de la antigüedad me obsesionaban. No podía creer que alguna vez los hombres se hubieran despedazado con espadas. Mis mayores miedos me obligaban a buscar la mayor muralla. 

 

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