Nadie había salido debido a la tormenta acérrima. Pero de pronto paró de llover, tal vez iba a ser por un rato. Salió entonces por las calles milenarias, frías, donde unos gatos de un color marrón claro y blanco lo miraban pidiéndole algo que no estaba a su alcance. Se metió en una iglesia y pidió lo de siempre, y enseguida siguió hasta el punto más alto donde obtuvo la imagen de un cuadro de De Chirico. Un lugar inefable, impoluto, silencioso, sostenido en el aire, incluso soñado, donde los azules se contactaban con el negro, los ocres y los blancos. Se atrevió a tomar una foto aunque en la foto solo quedase una proporción mínima; la belleza recibida había sido de pronto. Grabarla en la cámara sería casi nada, pero volvió a disparar al tiempo que volvía la lluvia y de pronto adoptaba un ritmo más intenso. No tuvo otra opción que caminar calles abajo.
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