Primero, atravesamos el centro, atiborrado de gente, donde las calles repiten —con soberbia fidelidad— sus consignas: motociclistas impacientes, propensos a tocar bocina para imponer su paso. En conjunto, logran un estado general próximo al desastre. La prepotencia es ley, y esa fuerza, sin embargo, imprime una impronta de libertad. Por ejemplo: se puede tirar la basura en cada esquina. Pero al mismo tiempo, agobia. La gente no parece reconocer puntos medios: o es brusca, o demasiado amable, casi familiar. El Museo Arqueológico alberga esculturas grandes y soberbias que resaltan la nostalgia: la belleza más entrañable siempre es decadente.
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jueves, 9 de enero de 2025
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