Era como si en cada calle viera un sinfín de amigos que enseguida podían mostrarme su miseria o su codicia, porque eran incapaces de refrenar la necesidad de hacer el mal por motivos que, en definitiva, me resultaban entendibles. Tal vez por eso, esos arranques —que todos tenemos, me decía— me motivaban a ser más indulgente. Lo pensaba mientras recorría cuadras mal iluminadas, por donde muchos habían transitado y ya no estaban, pero que se hacían presentes en negocios que me resultaban familiares y me impulsaban a rescatar un elemento que sentía próximo, y que por eso encontraba divino. Era un matiz, pensaba, que me acercaba a una forma de protección, y a la vez de malicia: una mezcla de cercanía e inquietud al final de cada cuadra.
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