Soñé que tenía otra vida. Todo era igual: vivía en el mismo lugar, tenía los mismos hábitos, el mismo trabajo, los mismos afectos, el mismo amor por el paisaje. Pero por dentro, algo era distinto. Era libre. Ya no estaba más atado a los tormentos que tanto suelo alimentar y era muy consciente de eso. Ese costado mío que vive trazando desafíos constantes alrededor de la idea de estar conmigo mismo —esa exigencia, esa tensión— se había desvanecido y por fin caminaba por mi barrio silbando, despacio, con una expresión un poco cándida en la cara. Los gorriones se me acercaban y yo los miraba como si los conociera desde siempre, como si hubiera algo natural en esa confianza. Pero al despertar, me acompañaba un sentimiento impreciso de terror. Algo se había quebrado en la vuelta y no sabía bien qué vendría después.
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jueves, 13 de febrero de 2025
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