Ayer en el taller, la espera continua para que mi pareja, su padre y su hermana —que son buenas personas, no lo niego— se vayan. Y después sí: el jazz, los cuadros enfrente, por todo el ambiente, desplegados, a la espera de que yo los pinte. Uno y otros, con ese ritmo desordenado que empleo, inconducente muchas veces, desprolijo también, pero necesario para mí, para una exigencia profunda que me pide: dale, vamos, expresemos la fuerza de un color, de una imagen, tomemos esa potencia, lleguemos a esa sustancia.
Alguna vez tal vez lo alcance. O tal vez me quede con esas pinceladas felices, una tras otra, insistentes, saltarinas, llenas de sustancia ellas mismas.Archivo del blog
sábado, 19 de julio de 2025
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