Hoy estuve al sol, tirado en el pasto de la plaza al costado de mi oficina. No sé por qué no hice lo mismo tantas otras tardes de sol en las que hay un aire tibio que anuncia la primavera con una dulzura que me recuerda tiempos formados por capas de recuerdos que no se fijan en ningún lado ni terminan de crear una historia, y son apenas imágenes que se suceden como el espacio de un viento que corría por mi cuerpo acostado. Por momentos me quedaba fijo en un árbol que todavía no ha desplegado sus hojas. Y por otros, en el edificio modernista que alberga el colegio donde fueron mis hijos. Más atrás, una fuente sin agua, y a mi costado izquierdo un teatro soberbio.Había dos jóvenes con un niño pequeño a mi lado que tomaban mate y comían mandarinas. Con acento paraguayo, hablaban con una simpleza natural. Emanaban una relajación que viene de una entrega al tiempo. Disfruté escuchándolas. Una de ellas le decía al niño: “Así es la vida: buenas y malas. Tenés que comer todos los gajos de la mandarina y dejar las semillas.” Detrás nuestro, unos pájaros cantaban. Todo estaba en su lugar, a una cuadra de mi oficina. Y por momentos, como ellas y el niño, lo disfrutaba.
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jueves, 28 de agosto de 2025
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