Vuelvo al hotel con las gotas y las dejo en la enorme bolsa de farmacia que llevo siempre: cremas para los pies, remedios, espuma de afeitar, loción para después de afeitarme, incluso perfumes. Una carga que arrastro en cada viaje. Me tiro en la cama después de abrir la ventana. Afuera, los grillos empiezan a cantar. Ningún perro ladra a lo lejos. El aire entra. Recupero un espacio de calma. También se oye un pájaro distante. ¿Será un atrapacaminos? ¿O ese otro pájaro que ensaya un ruido tan potente solo de noche?
Mejor leer un poco. Retomo el Diario argentino justo en la parte donde Gombrowicz describe un viaje en barco por el Paraná. Lo dejo. No termina de convencerme. Su mirada sensible se vuelve distante; también cierta afectación en la descripción del paisaje. Prefiero entonces seguir con el libro sobre los patagones del siglo XVIII, el encuentro entre los primeros europeos y los habitantes de la Patagonia.
Me llama mi hijo. Quiere ir a cenar.
En la cena nos sentamos junto a una pareja recién llegada. El hombre, argentino, tiene el aspecto de un inglés afable: pelado, una nariz insignificante, algo de actor de comedia. A su mujer no la llego a ver bien. Calculo que tienen mi misma edad y son de Buenos Aires. Educados, hablan en voz baja. Lo celebro en silencio.
Nos traen una picada de cortesía, tal vez porque es nuestra última noche, o quizá para compensar mis quejas por la falta de continuidad del agua caliente. También ofrecen un vino. Lo rechazo: tengo una botella abierta de días previos, que tomo muy de a poco y me encanta porque está fría. Sé que no es lo que marca el manual del vino, pero la prefiero así.
Llega el primer plato. Lo encuentro muy salado y se lo digo a la moza, aclarando que es la primera vez que el chef comete un desliz: quiero reforzar que su nivel en general es excelente, pero no puedo dejar de emitir la precisión crítica. Mi hijo me dice que exagero. A él le va mejor en la vida, en cierto modo. Pero no puedo escapar de mí mismo.
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