De nuevo en la ciudad. Me desperté cerca de las cinco de la mañana. Alterado por una pesadilla, fui hasta el living. Una luz potente me impactó. Era la de un reflector. Luz fría, penetrante. Una novedad. Estaba prendida en el edificio de enfrente, un poco al costado del mío. Solo después de bastante esfuerzo, concentrado en el ruido del ventilador de techo, aunque las imágenes en mi cabeza no me daban tregua, logré dormirme. Seis y treinta me despertó de nuevo el despertador de mujer. Le reproché su manía de levantarse tan temprano. Acto seguido, le pedí que vaya a hablar con el portero de enfrente para que no vuelvan a prender esos reflectores. Ella realmente es diplomática. Después de un nuevo esfuerzo, embarcado otra vez en imágenes vertiginosas, me volví a dormir hasta las diez y cuarto.
Me levanté, trabajé un poco y conversé con mi hija desayunando. Cerca del mediodía, mientras afuera llovía, caminé hasta mi oficina. Pasadas las dos de la tarde, comí sin entusiasmo en mi oficina frente a la pantalla y seguí con mis labores. Cerca de las cuatro de la tarde emprendí el regreso a mi casa. Tomé mi auto del garage y me dirigí al turno con una osteópata. Avancé en el tráfico por espacio de media hora y al fin pude estacionar a unas cuantas cuadras de su consultorio. En el consultorio, felicité a la profesional por los resultados de nuestro último encuentro. Luego me tendí en la camilla y dejé que los pájaros en los árboles, la música de un concierto de piano, el aroma a eucalipto y las manos de esa mujer, aflojen las ataduras que me gobiernan desde que tengo memoria. Al poco rato, no pude contener el llanto.
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