Ida a la playa. Estacionamiento por cien pesos. Toma un tiempo ubicar la camioneta que manejo. Un hombre, que pasa mientras estoy maniobrando, quita una pequeña rama que llevo en la trompa del vehículo. Sonríe y sigue. Levanto mi mano en agradecimiento. Entramos a la playa con mi pareja e hijo. Hay un policía en una moto con la cara casi del todo cubierta. Se mantiene ajeno a las personas que pasan. Su postura de ocultamiento me intriga. Lo comento con mi hijo. Él opina que es para que no lo reconozcan eventualmente luego en su barrio. Que la gente no sepa que es policía, digo. No lo sé. Puede ser. La playa tiene una franja de arena algo estrecha. Partes de vegetación e incluso basura dispersa -poca-. Caminamos; hay construcciones abandonadas, un paisaje poco prolijo. Damos con un hotel bastante rústico que tiene camastros. Nos ubicamos a un costado del lugar sobre la arena. Un joven nos invita a conocer el menú. Accedo con la idea de echarnos en los camastros y consumir limonadas. No tengo ganas de tomar ni comer nada, pero me tienta la comodidad de los camastros. Vamos con mi hijo al agua. El mar está agitado. Más en lo hondo, se ven los verdes y azules que puede desplegar un día de sol. Ha habido una tormenta y está agitado. El cielo también lo está. Pasan unas jóvenes trotando mientras me dirijo al agua. Son americanas, por su aspecto. Veo en ellas algo levemente sexy y al mismo tiempo un tanto prefabricado. Ingresamos al agua con mi hijo. Está tibia, decimos. La comparamos con el mar de la costa argentina. Mucho más tibia, dice mi hijo. Estamos donde las olas rompen. El mar nos ayuda a purificar los cuerpos. Es simple lo que hace. Nos limpia. Nos ayuda. Nos atiende. No hay nada demasiado brusco en la medida que nuestros pies tocan el suelo. Pienso que podría perder el círculo de bronce que llevo junto a una cuerda a la altura de mi pecho y funciona como un talismán. Pero supongo que no va a salir por mi cuello y cabeza. Seguimos en el agua con mi hijo hablando de lo que se nos viene a la cabeza. Unos americanos -dos jóvenes-, que no están cerca nuestro, hablan alto. Me pregunto por qué a veces hablan tan alto los americanos. Me alejo. Me voy junto a unos niños que hablan ruso. Pasamos las olas por debajo. Justo cuando están por romper. El cuerpo pasa por ellas y emerge. Salimos contentos por haber estado en el agua mucho rato. Solo después, mucho después, constato que en el mar quedó mi círculo de bronce. El que ha funcionado como un talismán. Se ha ido.
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jueves, 25 de diciembre de 2025
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