Salida para la playa más bien tan tarde -como siempre. Mi pareja dice que le gustó la entrada de un hotel que muestra un túnel de maderas entrelazadas y al fondo la visión del mar, turquesa, iluminado por el sol. Cuando nos aproximamos, sale un hombre, viejo. Camina con dificultad por el efecto del reuma, supongo. Mi mujer le pregunta por las habitaciones del hotel -que es pequeño- y se dispone a mostrarnos una enfrente de la playa. Insólito: el hotel tiene apenas ocho habitaciones; está vacío. El restaurante cerrado. Nos explica el hombre que vienen de una mala temporada por el sargazo. Tampoco ayuda el hecho de que hasta hace poco se cobraba entrada al parque nacional -el lugar donde está el hotel-. Nos explica que podemos sentarnos a disfrutar del paisaje bajo unas sombrillas de paja frente al mar. Nos puede ofrecer una Coca Cola o cerveza. Más tarde, vamos al mar. Mi pareja se adentra en el agua -cosa que hace solo en lugares donde las olas no son grandes-. En este lugar las olas no lo son, pero por momentos se arman y pronto una ola le exige meter su cabeza debajo del agua. Emerge con cierta tensión en la cara. La expresión de una niña que pasó por un trance. Unas americanas cerca hablan en un tono alto. Nos alejamos. Comienzo a nadar; mi mujer se vuelve con mi hijo a la orilla; los veo charlar a la distancia. Recalo donde no hago pie. Dejo que las olas lleguen a mi cuerpo, que lo sostengan en un vaivén suave, controlable. Unas jóvenes juegan al voleibol en la orilla. Me convocan, pero trato de no fijarme en ellas. A mi izquierda, unas nubes negras. Cuando se larga una tormenta, por iniciativa de mi pareja, terminamos guarecidos en un hotel boutique de lujo cercano. Nos dan unas sillas; comenzamos a secarnos. Unos turistas americanos, sentados frente a la puerta de entrada al restaurante, le reclaman a cada persona que entra que cierre la puerta corrediza -cosa que rara vez hacen-. Una lucha desigual.
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domingo, 4 de enero de 2026
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