Uso los carteles que indican
las distancias para traducir
el tiempo mientras entono
lo que suena en la radio.
La veo perfectamente
desnuda en su cama
con dos pekineses
a sus pies como prefectos:
Atilio y el simpático Ramos.
Decía
mientras los acariciaba
que habían sido de su madre
la gorda que regenteaba
la farmacia del pueblo
donde pasé el verano que entra
en la historia como el tiempo
que vi a un hombre acuchillar a otro
y después, como un samurai,
cortarse las tripas.
Anganuzzi se llamaba la víctima,
dijo el comisario,
y del que me interesaba,
no dijo nada; lo miró apenas.
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miércoles, 3 de agosto de 2011
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