Día de sol con algunas nubes. Hay viento, y es intenso. Lunes. Avanzan los días de mis vacaciones y por momentos no alcanzan a darme la felicidad que esperaba. Una alergia instalada por mis propios pensamientos, en una escala intrincada, me sumerge a veces en tensión, incluso en cierta tristeza, y me señala la imposibilidad de estar en paz, incluso en el descanso. Sin embargo, también me ofrece la posibilidad de aprender, de atender asuntos que de otro modo no abordaría. En ese sentido, es productiva. Se ha vuelto un faro que ilumina ciertas zonas oscuras. En cierto modo, no me queda otra que pensar que, a través del malestar, algo me conduce a un grado de intensidad que le da más espesor a mi vida. Lo difícil es que, mientras tanto, el cuerpo no alcanza el tipo de bienestar ni de relajación que quisiera. Pero hace mucho que me acostumbré a no vivir en paz, salvo por instantes potentes, preciados, que vivo sobre una barca agitada por el mar. Desde ahí —no lejos de la orilla— me muevo al ritmo de las olas.
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