Una cuestión que debo resolver antes de que los años se acumulen —y la amargura sea más grande— es mi tendencia a encontrar siempre un enemigo. Una vez que identifico a esa persona, basta su imagen, a veces solo su nombre, para que se me imponga un rechazo absoluto, una rabia. No admito lo que considero su malicia, sus faltas, su deslealtad. El origen lo sospecho en mi infancia. En algún punto, esa rabia fue tan grande que me desbordó, pero tuve que contenerla. No había opción si quería seguir con mis padres. Incluso de niño entendí que soltarla sería una catástrofe. ¿Pero cuál fue? ¿Ser hijo de dos jóvenes que no se querían, que no podían hacerse cargo de un niño ni de ellos mismos?
Archivo del blog
lunes, 18 de agosto de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Día en la playa
Llegamos al lugar donde estacionamos cerca de la playa. Volvió a estar en funciones la barrera. Hay un hombre que la comanda. Lo extraño es...
-
El genio rockero me miró con sorpresa y después, víctima de cierta discordancia, tentado, me respondió: “Okay my lord”. Se volteó y preguntó...
-
Sigue el ritmo de los días y las estaciones, con la alegría de quienes viven el instante como los pájaros. Cada mañana, gracias a su sonri...
-
Una vez levantado de la siesta, y luego de quedarme mirando el techo un buen rato, decidí que lo mejor sería terminar algunos dibujos que te...
No hay comentarios:
Publicar un comentario