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domingo, 25 de enero de 2026

Caleta Tankah

Caleta Tankah. Pagamos el ingreso; nos colocan unas pulseras blancas. El acceso a la playa está privatizado, como en tantos lugares. El parador tiene parlantes distribuidos por distintos espacios y reposeras, una al lado de la otra, orientadas hacia el mar; también hay mesas y camastros en el sector derecho. Las familias permanecen cerca de los parlantes, con la música a un volumen fuerte. Un hombre incluso baila con movimientos lentos.

En la orilla, a un costado del parador, hay una caleta: un espacio de rocas en herradura por donde se adentran las olas. Día nublado, con algo de viento. Vamos al cenote. Allí se distingue con claridad a una familia brasileña: los gritos que profiere un niño de unos ocho o nueve años y los de sus padres, en portugués, no dejan dudas. Una niñera negra espera que el niño salga del agua con una toalla en la mano. La mujer —que al pasar cerca mío me atrae por su figura— tiene una expresión de altivez en la cara.

El agua es más espesa que en una pileta o en el mar. Tiene una densidad que me permite flotar mejor. Empieza a llover. Pronto, con mi hijo, quedamos solos. Nos miramos con apenas media cabeza fuera del agua. Él sonríe; yo sonrío. Miro: dos pájaros de pecho amarillo cantan sobre una rama seca, la más alta. El árbol, sin embargo, está vivo. Las gotas que caen en el agua forman burbujas. Se escucha la selva, hasta que alguien silba a lo lejos. Viene por el sendero desde la playa.

Ya en la playa descubro cuatro piedras de buen tamaño que forman una escultura; decido hacer lo mismo. Coloco dos piedras grandes, dos más reducidas y una quinta, pequeña. Ubico también un pedazo de madera en la parte más alta. Mi escultura queda cerca de la que ya estaba. Les tomo fotos a ambas mientras siete pelícanos pasan en hilera sobre mi cabeza.

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