Comimos en un restaurante con un patio. Mi pareja pidió que bajasen la música incluso antes de mi llegada. La moza, dedicada a su oficio, extremadamente educada me conmovió porque su humildad no perdía en nada la fuerza que reflejaba. Una pareja de italianos, calma, fumaba en una mesa alejada. No parecían entenderse más que mínimos gestos. Una familia mexicana con una anciana en la mesa disfrutaban. El patio tenía muchas plantas que bajaban sobre las mesas. Y lo mejor: no había americanos gritando.
Al final, mi pareja le compró un cuenco a la dueña -que estaba sentada en una mesa anotando cosas con una caja fuerte abierta a un costado-. La dueña tenía una expresión reposada, natural, que casi no se encuentra por Europa. Su paciencia ancestral no parecía sacarla de la dulzura de los pájaros, aunque es cierto que mantenía una mirada atenta a la caja donde guardaba los billetes.
En la plaza principal, cantaban una cantidad inmensa de pájaros. Mi pareja le preguntó a un vendedor de helados qué pájaros eran. Tordos, dijo. Cantan con la caída del sol y un buen rato tambien, dijo. Nunca antes había sentido un chillido ensordecedor de los pájaros. Fue la primera vez que no disfruté de sus cantos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario