Ida a Valladolid. Salimos cuando dejó de llover. Ruta por la selva con bastante tráfico. Pasamos por pueblos que tienen tiendas de artesanías -hilados y cestas-. Al auto lo dejamos a varias cuadras del centro. Pasamos un cenote en plena ciudad.
Un museo explica la historia del lugar. Cincuenta años de guerra entre los indigenas y los criollos en el siglo diecinueve. Tuve que anotar nuestros datos en un libro que guarda el registro manuscrito de cada asistente. Paso por la catedral; interesante la fachada. Caminamos hasta el convento donde recalo en un gran retablo que tiene una estética infantil. Lo veo a la distancia en el piso superior de la iglesia, el lugar del coro. Me fijo en la imagen de cristo atento al canto de los pájaros afuera. Veo por una ventana a mi derecha. Una iguana intenta entrar, pero se lo impide un alambre tejido. Los pensamientos siguen pujando en mi cabeza, y sin embargo, frente al retablo, algo los contiene. Respiro, fijo en Cristo, y comienzo a sentir una notable descompresión en mi cuerpo. Atesoro esos instantes.
Salgo con mi pareja e hijo y me tiro a contemplar la copa de un árbol en el jardín del convento un buen rato, posado en las hojas de la misma manera que lo hice con el Cristo. Son ovaladas. Me detengo en una en particular; me ha gustado.
Mi pareja e hijo se van a buscar un lugar para almorzar. Elijo quedarme bajo el árbol. El arullo de una paloma, a lo lejos, me permite llegar a mi infancia. Escuchaba a las palomas en la casa de mi abuela cerca del mar y eso me sosegaba lo indecible. Salgo por fin del convento. Bordeo una plaza. Percibo paz. En la esquina, un joven en un moto de alta cilindrada distrae ese pensamiento.
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