miércoles, 24 de agosto de 2016

Feliz día del niño


Para ir a festejar el día del niño en una casa en el campo,
hicimos más de sesenta kilómetros. Una vez ahí, instalados bajo el
sol del invierno, y con la bonhomía de los árboles cerca,
comimos y bebimos mientras los niños saltaban en un inflable
contratado al efecto.

Sentados en una larga mesa, o desperdigados
en una barra junto a una parrilla, charlamos acerca
de los temas que entretienen a veces a los adultos:
los viajes, las posibilidades de ir un poco más lejos
en la adquisición de más bienes. Hablábamos de la actualidad.
Hasta se tocó el tema de los impuestos.
Los chicos, a cierta distancia, siguieron en su trajín
hasta que algunos dieron la orden de volver a los autos.

Entonces, me quedé en silencio bajo los árboles.
Unos teros, tensos, caminaban por el pasto a lo lejos.
El aire tenía un frío capaz de generar una bienaventurada potencia.
Cada objeto resultaba una presencia pacífica y a la vez tierna.
Había en todas partes una sensación de bienestar  
que no sabría a qué atribuir. Y fui feliz.

Después, cuando por fin anocheció, junté a los míos.
Los chicos y mi mujer subieron al auto.
También la perra. Y partí, sin saber bien para qué,
a enfrentar a la briosa ciudad y su tráfico.
Como consuelo pensé que era para resolver
algún tipo karma. O para volverme más sabio.

 



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